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Niagaragueando...

El día de ayer fue largo pero corto de contar. Era el día elegido para ir a visitar las cataratas del Niágara. Un viaje poco recomendable para ir y volver el mismo día: 14 horas de coche por delante. Pero queríamos ver las cataratas e íbamos a hacer el esfuerzo.

Nos fuimos a dormir excesívamente tarde para la hora en que debíamos levantarnos al día siguiente. Debíamos levantarnos a las 5AM, pero a las 4 y poco, tras menos de 5 horas de sueño mi cuerpo ya estaba activo. A eso de las 5:15 abandonábamos el hotel en busca de la oficina de Avis. Tras sufrir dificultades de orientación llegamos al lugar, y tras realizar los trámites pertinentes esperamos fuera a que nos entreguen el coche. Digo el coche por decir algo, ya que lo que nos traen es una máquina lujosa que haría las delicias de cualquier amante del motor o de la ostenticidad. Así que tras confirmar que ese mítico y potente Chevy Camaro va a estar entre mis manos, emprendemos el viaje al Niágara.

El viaje de ida se hace ameno: un par de paradas y nos plantamos en Niágara tras una curiosa experiencia de conducir por NYC y, una vez más, por esas interminables carreteras americanas.

Llegamos a Niágara y vamos directos a comer. Una Caprese bastante conseguida y unos Spaguetis a La Carbonara que dejaban mucho que desear. Y ahora sí, nos dirigimos a la zona de las cataratas.

Al llegar se ve todo explotado para el turista, lo cual entra dentro de lo lógico. Casinos, hoteles, restaurantes... La diversión en Niágara está garantizada.

Aparcamos en una zona gratuíta y caminamos siguiendo el enorme cauce del río. A medida que avanzas el río coge fuerza y los rápidos se acrecentan, síntoma inequívoco de que nos acercamos a las cataratas.

Poco a poco la tierra se va abriendo ante tus ojos y al llegar al precipio un espectáculo dantesco se posa ante tu mirada.

Una garganta se abre profunda en la tierra creando unos enormes precipicios, por los que caen millones de litros de agua por segundo. Creando una lluvia impresionante.

Vemos las cataratas desde todos los ángulos y hacemos 1000 instantáneas. Es impresionante la fuerza que puede tener la naturaleza.

La atracción que nadie se puede perder es el "Maid of the Mist", un barco que te acerca al píe de las cataratas. Poquito a poco te va adentrando en la garganta, y progresivamente vas experimentando la fuerza que tiene el agua al caer. El aire va creciendo a medida que te acercas, la fina lluvia se convierte en una lluvia torrencial, las corrientes marinas se acrecentan... Hay un momento en el que estás ahí abajo y el paisaje es insuperable. Ves el precipicio con sus salvajes caídas de agua, ves una frondosa ladera de la montaña con centenares de pájaros anidando... Por un momento parece que abandonas La Tierra para adentrarte en Pandora. Una experiencia increíble.

Salimos de ahí empapados pero satisfechos. Y mientras nos secamos sucede la anécdota del día. Cruzamos el puente al lado canadiense y al llegar a la otra esquina nos damos cuenta de que vamos indocumentados, tenemos los pasaportes en el coche. Por un breve espacio de tiempo somos ciudadanos indocumentados entre dos países. Tras contárselo al Carl Winslow de turno y de transmitirnos el tono peliculero que tanto les gusta, nos readmite en el país.

Antes de volver exploramos algún otro sitio que nos ofrece nuevas perspectivas de la zona, y nos disponemos a volver.

El camino de vuelta se convierte en un infierno al que no le voy a dedicar mucho rato. La combinación de cansancio con carreteras sin iluminación y lluvias torrenciales durante todo el camino, nos hicieron sufrir mucho más de lo deseado.

23 horas después de haber salido del hotel volvemos a la cama.

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